NUEVA YORK (The New York Times).- A los 60 años, la abogada laboral Bettina B. Plevan es socia de Proskauer Rose, un importante estudio jurídico de Manhattan. "Apenas entré aquí decidí que quería llegar a ser socia. Me pareció una forma posible de reconocer mis dotes y mi competencia. Deseaba y necesitaba ese reconocimiento." Lo tiene, pero no sólo de Proskauer. Desde hace 13 años, por votación de sus pares, figura entre los mejores abogados de Estados Unidos. Preside la Asociación de Abogados de la ciudad de Nueva York, y es la segunda mujer que lo hace desde su fundación, en 1870. Pero ella es una rara avis.
Cuando se graduó con honores en la Universidad de Boston, en 1970, sólo un 9% de los egresados de Derecho en todo el país eran mujeres. En 1974 se trasladó a Nueva York con su marido, Kenneth A. Plevan, abogado militar. Proskauer la atrajo porque tenía una socia, una verdadera rareza por entonces. La asociaron en 1980.
Hace años que el número de graduados y graduadas en Derecho es casi parejo. Este equilibrio se refleja, en gran parte, en la cantidad de asociados que absorben los estudios jurídicos. Sin embargo, la mayoría de las abogadas desaparece no bien empieza a escalar los tramos superiores. Entre las grandes firmas jurídicas del país, en 1995 apenas un 13% de los socios eran mujeres; en 2005, un 17%. ¿Qué las desalienta? Claro, la maternidad. Pero estudios recientes indican que preferirían continuar su carrera si hubiera una estructura que les permitiera hacerlo. Para algunos analistas y muchas abogadas, la maternidad no es la razón principal de su deserción: se van a practicar abogacía de otra forma o emprenden otra carrera.
Acceso más difícil
Al ingresar en el ámbito jurídico, la mujer descubre que los hombres gozan de ventajas, porque en la mayoría de las firmas predominan y son dueños del poder. Son minoría las abogadas con fuertes mentores masculinos. Ellas tienen menos acceso a las oportunidades de establecer redes y desarrollar negocios, porque las mejores se dan en ambientes muy masculinos. O bien cuando un jefe las invita a tomar un trago a la salida del trabajo. En la mujer, perseguir a su jefe para hablarle se considera una agresividad excesiva o, tal vez, coquetería. En el hombre, es tan sólo ambición.
"Nos aplican pautas superiores. Tenemos menos probabilidades de atraer la atención masculina. En parte son residuos de los juicios por acoso sexual de los años 90, pero yo lo atribuyo más bien a que, simplemente, somos distintas", opina Jennifer L. Bluestein, de Baker & McKenzie, en Chicago, el mayor estudio jurídico del país. "La discriminación quedó atrás. Los estudios quieren que las mujeres se queden. Nosotras queremos quedarnos. Entonces, ¿por qué no lo hacemos? Por problemas de promoción y retención basados en prejuicios", expresa Karen M. Lockwood, socia del estudio Howrey, en Washington, y presidenta de la Asociación de Abogadas del distrito de Columbia. En colaboración con ambos, y apoyada por algunos de los mayores estudios del país, está buscando soluciones prácticas. Además del techo de cristal investiga el impacto del muro maternal, cimentado en la presunción tácita de los socios varones de que la maternidad reduce la disposición y capacidad de la mujer para el trabajo duro. Por eso le asignan menos casos o refrenan su promoción. Jane DiRenzo Pigott, ex abogada de Winston & Strawn y que hoy dirige una consultora en Chicago, afirma que el Medio Oeste refleja las tendencias del resto del país. "Somos menos agresivas para promocionarnos; de ahí el menor reconocimiento de nuestros éxitos. Esto nos crea una gran insatisfacción profesional -explica-. Muchas mujeres no están habituadas a expresar su voluntad, a decir Yo quiero la bonificación máxima o Yo quiero ese puesto. Tienen que aprender a hacerlo enérgicamente y sin sentirse incómodas."
Según Catalyst, firma de Nueva York que investiga la experiencia laboral femenina, la mayoría de los abogados varones no cree que la falta de mentores y de oportunidades de relacionarse, los compromisos familiares, etcétera, traben significativamente el progreso de la mujer. Plevan está de acuerdo: "En tanto los estudios jurídicos continúen bajo el dominio masculino es poco probable que haya cambios. No porque el varón sea poco receptivo a estas cuestiones, sino porque no tiene conciencia de ellas".
Las investigaciones de la Asociación de Abogados de la ciudad de Nueva York y otras entidades indican que a las abogadas que dejan temporariamente su profesión para criar a sus hijos o perseguir otro objetivo, luego les resulta difícil, si no imposible, reingresar en ella. "No sabemos con certeza cómo ayudarlas -admite Plevan-. Para no quedar marginadas, ellas y sus estudios tienen que mantener un contacto recíproco." Plevan es muy consciente de los problemas que entraña ser socia de un estudio. "Mi carrera profesional me ha dado grandes satisfacciones. No querría dejarlas. Pero a veces son exigentes. Para mí, la deserción femenina es una pérdida. La diversidad de sexos beneficia a una organización. Sin ella, hay menos diversidad de opiniones."
Traducción de Zoraida J. Valcárcel
El precio del minuto
Uno de los principales problemas es la facturación por hora. Este régimen obliga a cronometrar el trabajo para medir la productividad, minuto a minuto, y calcular cuánto se cobrará al cliente en concepto de honorarios. En los últimos 20 años, muchos abogados de uno y otro sexo se han sentido desalentados por la índole de su trabajo y sus horarios.
Según investigaciones efectuadas dentro de un programa auspiciado por el Hastings College de la Universidad de California, donde se cursa la carrera de Derecho, un régimen inflexible de facturación por hora impide que los abogados y abogadas se sientan satisfechos con su profesión.
La tendencia se ha acentuado entre las últimas promociones. Algunos abogados veteranos perciben este descontento.
En su opinión es más intenso en las mujeres que en los hombres debido a las expectativas sociales respecto de los roles domésticos y la crianza de los hijos.
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